¿Qué tienen en común Trujillo, Lenin, Hitler y otros dictadores, y qué nos dice el juicio de Núremberg de esto?

¿Qué tienen en común Trujillo, Lenin, Hitler y otros dictadores, y qué nos dice el juicio de Núremberg de esto?

Lo que un psiquiatra descubrió al sentarse frente a Hermann Göring, y lo que Freud y Fromm ya habían intuido sobre el narcisismo que nunca terminó de morir

Lectura estimada: 13 minutos Tema: Narcisismo, poder y desarrollo humano Enfoque: Psicología, filosofía, historia y cultura de datos

En 1945, un psiquiatra militar estadounidense llamado Douglas Kelley se sentó, celda tras celda, frente a los hombres que habían dirigido la maquinaria de exterminio más eficiente del siglo XX. Su tarea era simple en el papel y perturbadora en la práctica: determinar si estaban en condiciones mentales de ser juzgados en Núremberg.

Kelley esperaba encontrar monstruos. Encontró algo peor.

Encontró a Hermann Göring —antiguo Reichsmarschall, el segundo hombre más poderoso del Tercer Reich— respondiendo con inteligencia, encanto, una vanidad casi teatral y una certeza absoluta de que todo lo que había hecho tenía justificación. No parecía loco. No parecía desquiciado. Parecía, sobre todo, un hombre profundamente convencido de que el mundo giraba, y debía seguir girando, alrededor de él.

Esa escena —dramatizada ahora en la película Nuremberg, de James Vanderbilt, con Rami Malek como Kelley y Russell Crowe como Göring— es el punto de partida de este artículo. No porque el cine explique la historia por sí solo, sino porque plantea, con una precisión incómoda, la pregunta que de verdad importa: ¿qué clase de mente humana llega a construirse así? ¿Y en qué momento empezó a construirse?

La respuesta cómoda es decir que Göring nació distinto a los demás. La respuesta incómoda es que no.


Un bebé, un espejo y una certeza que todos tuvimos

Ningún ser humano llega al mundo sabiendo que existen otras personas.

Durante los primeros meses de vida, un bebé llora como si el universo entero le debiera algo, y en cierto sentido tiene razón: por un tiempo, alguien responde a cada llanto, anticipa cada necesidad, sostiene cada exigencia como si fuera legítima porque, en efecto, lo es. No hay todavía un "otro" real con deseos propios. Hay una necesidad, y su satisfacción o su ausencia.

Un pensador vienés (gentilicio de Viena, Austria) que dedicó buena parte de su obra a desmontar las certezas del yo adulto llamó a ese estado narcisismo primario: la convicción psíquica, anterior a cualquier lenguaje, de ser el centro absoluto de un mundo hecho para responder.

No es un defecto. Es el punto de partida de cualquier vida humana.

Lo interesante —lo que Kelley intuyó sin nombrarlo del todo mientras tomaba notas frente a Göring— es que esa certeza infantil no desaparece sola. Alguien tiene que ayudarla a irse.


Crecer es, en el fondo, aprender a perder el centro

Hay un tránsito silencioso que todos atravesamos, aunque casi nadie lo recuerda conscientemente: el momento en que el mundo empieza a decir que no.

Una madre que no llega de inmediato. Un padre que frustra un capricho. Un entorno que, poco a poco y con suficiente cuidado, le enseña a un niño que no es el único centro posible, que existen otras personas con necesidades tan legítimas como las suyas. Ese proceso duele. Pero es exactamente ese dolor, bien administrado, el que construye a un adulto capaz de tolerar la frustración, reconocer al otro como real y sostener su propia estima sin necesitar que el mundo se la confirme todo el tiempo.

La madurez psíquica no es la ausencia de narcisismo. Es haber aprendido, con el tiempo, a no necesitarlo todo.

Un niño rodeado de adultos que jamás le dicen que no. Un entorno familiar o social que interpreta cada capricho como señal de destino. En esos casos, el narcisismo original no se transforma. Se congela. Y luego, con los años, empieza a buscar —de forma casi instintiva— nuevas versiones de aquella primera mirada que lo confirmaba todo.

Solo que en la adultez, esa mirada ya no viene de una sola persona. Viene de un séquito.


El adulador no es un personaje secundario

Ningún tirano llegó al poder completamente solo.

Antes de tener un país, Hitler tuvo un partido que necesitaba un símbolo. Antes de tener un aparato de Estado, Trujillo tuvo un círculo dispuesto a convertir cada uno de sus gestos en ley. Lenin, en una tradición ideológica distinta y sin que deba equipararse mecánicamente a los anteriores, tuvo una estructura revolucionaria dispuesta a absolutizar su lectura de la historia. Y Göring, antes de convertirse en el hombre que Kelley evaluó en aquella celda, tuvo años de aplausos, condecoraciones y una corte que jamás le devolvió una sola duda.

En cada caso, alguien decidió no frustrar la fantasía. Decidió, en cambio, alimentarla.

¿Por qué alguien elige convertirse en ese "alguien"? Rara vez es solo miedo. Es también estrategia. Decir "tiene usted toda la razón" produce acceso, protección, cercanía al poder; decir "creo que se equivoca" produce distancia y riesgo. Cualquier entorno humano —desde una corte imperial hasta una oficina— termina entrenando a sus miembros para hacer lo primero, sin que nadie tenga que ordenarlo explícitamente.

Con el tiempo, el tirano deja de escuchar disidencia no porque la prohíba: la deja de escuchar porque su entorno aprendió, mucho antes de que él lo exigiera, que disentir no es rentable.


Lo que sostiene al tirano no es solo miedo: también es cálculo

Hay algo más debajo de ese silencio, y tiene menos que ver con el terror que con la economía emocional de cada persona dentro del sistema.

Perder el acceso al líder, el cargo, el reconocimiento, se siente como una pérdida inmediata y concreta. Decir la verdad promete, en cambio, un beneficio incierto y a largo plazo. Frente a esa balanza —el sesgo psicológico que nos hace temer más una pérdida que valorar una ganancia equivalente— la mayoría de las personas elige lo seguro. El resultado colectivo es un entorno que, sin que nadie lo diseñe conscientemente, termina devolviéndole al líder exactamente la misma imagen que un niño pequeño necesita de sus cuidadores: no hay límite, no hay error, no hay otro punto de vista legítimo.

Fromm extendió esta idea al plano colectivo: no solo un individuo puede organizarse alrededor de la fantasía de ser excepcional. Un grupo entero —un partido, una nación, una corte— puede hacerlo también, y cualquier límite externo empieza a sentirse como una afrenta a la identidad compartida.


La misma arquitectura, con otra interfaz

Sería cómodo pensar que este mecanismo pertenece únicamente a los grandes tiranos de la historia. No es así. Solo cambió de tecnología.

Los sistemas digitales contemporáneos no solo predicen nuestra conducta: la moldean activamente, a cambio de datos. Y una de las formas más eficaces de moldearla es exactamente la misma que usaba el séquito de un dictador: devolverle a cada persona una versión curada del mundo donde su visión particular queda constantemente confirmada.

El sesgo de confirmación, que en 1936 servía para no ver lo que ocurría en el vecindario, hoy cuenta con un asistente técnico que se lo pone todavía más fácil.

Esto no significa que cualquier persona con una cámara de eco digital sea un tirano en potencia. Sería una simplificación irresponsable. Pero sí revela algo incómodo: la arquitectura psicológica que sostuvo a Göring, a Hitler, a Trujillo, no depende exclusivamente de un contexto político extremo. Depende de un mecanismo mucho más antiguo —y mucho más humano— que la tecnología actual sabe reproducir con una eficiencia inédita.


Lo que Kelley terminó entendiendo, sin poder decirlo del todo

Kelley pasó meses con Göring y con otros jerarcas nazis, y algo de lo que encontró lo persiguió el resto de su vida: no eran, en su mayoría, hombres desquiciados. Eran hombres funcionales, ordenados, orgullosos, capaces de justificar cada decisión con una lógica interna perfectamente coherente.

Esa es, quizás, la evidencia final de un desarrollo psicológico que nunca completó su tránsito: adultos cronológicos que jamás hicieron el duelo de su propia omnipotencia infantil, sostenidos todo el camino por sistemas —familiares, políticos, burocráticos— que se encargaron, generación tras generación, de que nunca tuvieran que hacerlo.

El mal moderno no siempre necesita sádicos. A veces solo necesita adultos que jamás terminaron de crecer, rodeados de otros dispuestos a sostener esa ilusión.

— A partir de la lectura de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal

Stanley Milgram, años después de Núremberg, demostró que ese mismo patrón, en menor escala, puede activarse en cualquier persona común frente a una autoridad legítima. La obediencia no requiere maldad. Requiere, muchas veces, la misma estructura infantil de fondo: alguien más grande, más seguro, aparentemente incuestionable, que ocupa el lugar que el propio juicio debería ocupar.


Un resto de esa infancia nos acompaña a todos

Aquí conviene ser honestos: nada de esto describe únicamente a los tiranos de la historia.

El narcisismo original no desaparece por completo en nadie. Persiste, en dosis pequeñas y manejables, en quien necesita que le confirmen su razón antes de escuchar la ajena. En quien defiende una idea no porque la haya examinado, sino porque cambiarla se sentiría como perder un pedazo de sí mismo. En el jefe que confunde autoridad con infalibilidad, o en el colaborador que aprende, sin que nadie se lo ordene, a decirle a ese jefe únicamente lo que quiere escuchar.

Esas versiones domésticas del mismo mecanismo no producen genocidios. Pero comparten la estructura: alguien que dejó de ser frustrado a tiempo, y un entorno que decidió, por comodidad o por conveniencia, seguir confirmándolo.

I

El narcisismo original

Todo ser humano nace convencido de ser el centro del mundo. No es un defecto: es el punto de partida.

II

La frustración necesaria

Un entorno que dice "no" a tiempo, con cuidado, es lo que permite que esa fantasía se transforme en madurez.

III

El séquito que confirma

Cuando nadie frustra la fantasía y en cambio la alimenta, el narcisismo original se congela y busca nuevas confirmaciones.

La diferencia entre un tirano y una persona común no está, entonces, únicamente en la maldad. Está también en la escala del entorno que decidió no decirle que no.


Lo que queda después de Núremberg

Al final del proceso, 24 altos funcionarios nazis fueron juzgados por el Tribunal Militar Internacional entre noviembre de 1945 y octubre de 1946. El juicio condenó actos. No condenó infancias.

Pero dejó ver, sin proponérselo del todo, algo que va más allá del derecho penal: que el mal más eficiente no siempre llega vestido de locura. A veces llega vestido de certeza, de orden, de una convicción tan antigua que ni siquiera el propio sujeto puede rastrear cuándo empezó.

El tirano no es la excepción de la especie. Es lo que ocurre cuando nadie, en ningún momento del camino, se atreve a frustrar a un niño que sigue creciendo por fuera, pero que nunca terminó de nacer por dentro.

La pregunta que deja este recorrido no es solamente cómo se forma un Göring, un Hitler o un Trujillo.

La pregunta es cuántas veces, en la vida cotidiana, elegimos ser el adulador en lugar de ser el límite.


Pensadores clave de este artículo

Sigmund Freud

1856 – 1939

Narcisismo primario

Describió el estado psíquico inicial de todo ser humano: la certeza infantil de ser el centro absoluto de un mundo hecho para responder.

Erich Fromm

1900 – 1980

Narcisismo individual y grupal

Mostró cómo un entorno que confirma en lugar de frustrar la grandiosidad infantil puede congelar el narcisismo original, tanto en personas como en grupos enteros.

Hannah Arendt

1906 – 1975

La banalidad del mal

Reveló que el mal moderno no siempre necesita sádicos: a menudo necesita adultos funcionales, sostenidos por sistemas que jamás los frustraron.

Stanley Milgram

1933 – 1984

Obediencia a la autoridad

Demostró que la obediencia dañina no requiere maldad excepcional: requiere una estructura psicológica de sumisión ante una autoridad percibida como incuestionable.

Shoshana Zuboff

1951 – presente

Capitalismo de vigilancia

Explica cómo los sistemas digitales contemporáneos moldean la conducta humana a cambio de datos, reproduciendo la lógica de confirmación constante que antes ofrecía un séquito.


Para el debate, no para el veredicto

Dada la naturaleza del tema, esta sección no busca un diagnóstico personal, sino abrir una conversación honesta. Puedes usarlas para reflexionar a solas o para discutirlas con alguien más.

  • ¿En qué momento de tu vida alguien te frustró a tiempo, con cuidado, y hoy lo agradeces?
  • ¿Reconoces en tu entorno cercano a alguien que juega el papel de "séquito" frente a otra persona, confirmando siempre en vez de cuestionar?
  • ¿Alguna vez elegiste decir lo que alguien con poder quería escuchar, en lugar de lo que de verdad pensabas?
  • ¿Qué parte de tu propia identidad se sentiría amenazada si tuvieras que admitir que estabas equivocado en algo importante?
  • ¿Tu entorno digital —redes, algoritmos, recomendaciones— te confirma más de lo que te confronta?
  • ¿En qué relación de tu vida —familiar, laboral, sentimental— sueles ser tú quien pone el límite, y en cuál sueles ser quien confirma?