Del miedo a la incertidumbre al atractivo de la promesa: cómo la ambigüedad, la confianza y el desconocimiento pueden convertir una caja negra financiera en una oportunidad
Un banco puede ofrecer una inversión regulada, explicar cuánto se recibirá, durante cuánto tiempo y cuáles son los riesgos. La rentabilidad, casi siempre, parece pequeña.
Entonces aparece alguien prometiendo multiplicar el dinero mediante criptomonedas, arbitraje, trading automatizado o un negocio difícil de explicar. No siempre hay un contrato comprensible. A veces tampoco está claro de dónde sale la rentabilidad. Las cifras, en cambio, son extraordinarias.
Y algunas de las mismas personas que desconfiaban del banco entregan ahí sus ahorros.
La explicación habitual es cómoda: codicia. Otra, también tentadora: ignorancia. Ambas contienen algo de verdad, y precisamente por eso pueden impedirnos ver el mecanismo más interesante. El problema no es solamente que alguien desconozca cuánto riesgo asume. En ciertos casos ocurre algo más extraño: cuanto menos logra entender el mecanismo que produce una ganancia, más espacio queda disponible para imaginar que esa ganancia es posible.
Este artículo parte de uno anterior, donde usamos una serpiente para pensar la relación humana con la incertidumbre: ¿Por qué una serpiente nos asusta más que un hipopótamo? Ahí llamamos legibilidad biológica a la facilidad para anticipar el comportamiento de otro organismo: una amenaza incomoda especialmente cuando no logramos prever qué hará después. Con el dinero ocurre algo emparentado, aunque distinto. También necesitamos leer aquello donde colocamos nuestros recursos. El problema aparece cuando confundimos entender la historia con entender la inversión.
La inversión aburrida tiene un defecto: la vemos demasiado bien
Alguien dispone de cien mil pesos. Una institución financiera le ofrece una rentabilidad anual modesta. Puede calcular exactamente lo que recibirá, y descubre que incluso después de esperar un año, ese rendimiento apenas cambiará su vida. La inversión es legible. Precisamente por eso, también lo es la decepción que produce.
Frente a ella aparece otra oportunidad: retornos muy superiores mediante un sistema que la persona no comprende del todo. Y aquí ocurre algo particular. En la primera alternativa conocemos la realidad lo suficiente como para saber que no nos hará ricos. En la segunda no la conocemos lo suficiente como para saber que no puede hacerlo.
La economía conductual distingue desde hace décadas entre riesgo y ambigüedad. Bajo riesgo, desconocemos el resultado pero tenemos alguna idea de las probabilidades. Bajo ambigüedad, ni siquiera conocemos esas probabilidades. Los experimentos inspirados en la paradoja de Ellsberg muestran que, en general, las personas prefieren apostar cuando conocen las probabilidades antes que cuando las ignoran: es lo que se llama aversión a la ambigüedad. Eso parecería contradecir los casos que nos interesan —si evitamos la ambigüedad, ¿por qué alguien pondría dinero en algo que entiende menos?— hasta que se revisa la letra pequeña: algunos estudios encuentran búsqueda de ambigüedad justamente cuando la ganancia conocida es pequeña.
Mantequilla no vendía matemáticas
En 2022, Sabana Grande de Boyá se convirtió durante meses en uno de los escenarios más extraños de la economía popular dominicana. Wilkin García Peguero, conocido como Mantequilla, afirmaba poseer una fórmula capaz de multiplicar el dinero. Su empresa, 3.14 Inversiones, captó recursos de numerosas personas, al punto de que algunos residentes lo defendían frente a quienes cuestionaban el sistema. En marzo de 2024 fue condenado a dos años de prisión por abuso de confianza.
Primero Dios y luego Mantequilla.
— Frase recogida entre residentes de Sabana Grande de Boyá, según Diario Libre
Lo interesante no es burlarse de quienes entregaron su dinero, sino entender qué compraron. Difícilmente estaban evaluando una fórmula matemática. Compraron algo más fácil de procesar: el testimonio de gente cercana que había cobrado, la presencia física de un hombre en su comunidad, historias de éxito repetidas alrededor suyo. La inversión podía ser financieramente ilegible. Mantequilla no lo era. Se podía hablar con él, había carros, oficinas, vecinos que daban fe.
Cuando no podemos evaluar directamente un sistema complejo, solemos recurrir a señales indirectas, y ahí se produce una sustitución silenciosa: la pregunta difícil —¿cuál es el mecanismo que genera esta rentabilidad y puede sostenerla?— se reemplaza por una mucho más fácil de responder: ¿conozco a alguien a quien le pagaron?
El primer pago puede ser más persuasivo que cien advertencias
Un esquema Ponzi tiene una característica psicológicamente brillante y financieramente destructiva: durante un tiempo produce evidencia real a favor de una conclusión falsa. Algunos participantes reciben dinero. El depósito existe. El vecino cobró de verdad. Incluso quien recomendó el negocio puede no estar mintiendo; puede estar convencida de que funciona porque a ella le funcionó.
Un Ponzi usa el dinero de participantes posteriores para pagar a los anteriores, y por definición puede sostenerse mientras siga entrando suficiente dinero nuevo. Antes de colapsar, el sistema fabrica sus propios testigos de credibilidad. Una advertencia de un economista es abstracta; el primo que acaba de retirar su rendimiento es concreto. Una regulación financiera es difícil de interpretar; la transferencia que aparece en el teléfono se entiende de inmediato.
Y nuestro cerebro tiene buenas razones evolutivas para aprender de la experiencia ajena. Si todo el grupo come cierto fruto y sigue con vida, observarlos ahorra el costo de investigar la química del fruto desde cero. El problema empieza cuando un sistema artificial aprende a fabricar deliberadamente esas señales sociales. La confianza, que normalmente nos ahorra el costo de buscar información, se convierte entonces en el mecanismo por el cual dejamos de buscarla.
Cuando la comunidad presta su credibilidad
TelexFree afirmaba comercializar telefonía por internet, pero terminó siendo procesada como un esquema piramidal de alrededor de mil millones de dólares, según el Departamento de Justicia de Estados Unidos; uno de sus presidentes, James Merrill, fue condenado a seis años de prisión. Su expansión fue especialmente fuerte entre comunidades brasileñas y dominicanas, incluso entre inmigrantes en Estados Unidos, y ahí aparece una capa adicional del problema.
En un entorno complejo —otro país, otro idioma, instituciones desconocidas— las redes de confianza valen más. El amigo sabe dónde conseguir trabajo, el primo conoce un apartamento, el compatriota recomienda quién hace los impuestos. Normalmente eso es útil. Pero esa misma estructura de confianza puede ser explotada.
Y cuando suficiente gente alrededor parece convencida, aparece un razonamiento implícito: tanta gente no puede estar equivocada. Por supuesto que puede, pero verificar personalmente cada afirmación que aceptamos haría insoportable la vida cotidiana. El estafador explota justamente ese ahorro.
Cuando la ignorancia se disfraza de reconocimiento
Hay una diferencia entre no saber algo y saber que no lo sabemos. Alguien puede desconocer cómo funciona un bono y, por reconocerlo, decidir no comprarlo. Otra persona puede haber escuchado durante meses palabras como blockchain, staking o wallet y desarrollar una sensación de familiaridad sin poseer un modelo real que le permita evaluar nada. Esa segunda situación es más peligrosa: ya no experimentamos la ignorancia como ignorancia, la experimentamos como reconocimiento.
Y el reconocimiento produce fluidez: lo que hemos escuchado muchas veces se procesa con más facilidad y empieza a sentirse menos extraño. Las criptomonedas no inventaron ese mecanismo, pero le dieron un idioma fértil. La tecnología, además, es real: Bitcoin existe, el blockchain existe, hay traders legítimos que producen ganancias verdaderas. Eso permite construir un fraude con piezas verdaderas: la víctima no necesita creer algo ficticio, le basta con conectar mal hechos reales.
El caso de Jairo González lo ilustra. Según el Ministerio Público dominicano, dirigió una estructura que captaba dinero para supuestas inversiones en mercados financieros y criptomonedas; fue condenado en septiembre de 2025 a ocho años de prisión, con pérdidas descritas por encima de US$15 millones y más de 400 personas afectadas.
Aquí la promesa opera distinto a la de Mantequilla. Una fórmula mágica puede parecer rudimentaria, pero el trading parece sofisticado, y esa sofisticación introduce una paradoja. Cuando entendemos poco una tecnología, su complejidad puede funcionar a la vez como motivo para desconfiar y como explicación de por qué produce resultados que nosotros no lograríamos obtener. «Yo no entiendo cómo lo hace» deja de ser una objeción y puede volverse evidencia de expertise —lo mismo que nos pasa con un radiólogo o un piloto de avión. El problema empieza cuando trasladamos ese mecanismo de delegación hacia una autoridad que nunca verificamos, confundiendo dos frases que desde fuera suenan idénticas: no entiendo esto porque es sofisticado, y no entiendo esto porque no tiene sentido.
La opacidad, cuando conviene, se protege sola
Durante años circuló la historia de una fortuna perteneciente a descendientes de la familia Rosario, depositada en instituciones europeas. Banco Santander llegó a declarar que no tenía constancia de esas cuentas. En 2024, el abogado Johnny Portorreal fue condenado a cinco años de prisión por estafar a 283 personas de apellido Rosario mediante esa historia.
El caso parece ajeno a las criptomonedas, pero debajo hay el mismo problema de legibilidad: bancos extranjeros, genealogías, trámites internacionales. Cada capa adicional aumenta la opacidad, y curiosamente la opacidad no destruye la historia: puede protegerla. Si el trámite tarda, eso es compatible con la trama. Si aparece un obstáculo nuevo, se interpreta como prueba de lo difícil que es desbloquear la fortuna. Cada fracaso se incorpora como una razón nueva para seguir creyendo.
Eso conecta con algo más general: los buenos esquemas de captación tienen una inmunidad narrativa temporal. Cuando pagan, es la prueba. Cuando dejan de pagar, hay un retraso. Cuando alguien cuestiona, quiere destruir el negocio. Cuando intervienen las autoridades, los bancos tienen miedo. La historia puede interpretar casi cualquier acontecimiento sin abandonar su conclusión —el mismo mecanismo que exploramos, desde otro ángulo institucional, en Un marco religioso con prioridad en la marca: la conducta que protege al líder y silencia al creyente.
Normalmente imaginamos que alguien permanece en un fraude porque sigue recibiendo evidencia positiva. No siempre. A veces permanece porque ha aprendido a reinterpretar la evidencia negativa, y cuanto más dinero, reputación y tiempo ha invertido, más costoso resulta admitir el error: ya no está defendiendo una inversión, está defendiendo la decisión de habérsela recomendado a su hermano, a su pareja, a sus vecinos.
El disfraz cambia, la arquitectura no
El Ministerio Público dominicano acusa a los responsables de Investor Winner de haber construido un esquema piramidal bajo promesas de inversión; en octubre de 2025 se abrió juicio contra integrantes de la estructura, un proceso aún en desarrollo. El caso recuerda algo importante: las estafas financieras envejecen mejor que sus disfraces. Fueron sellos postales, después fondos de inversión, marketing multinivel, Forex, criptomonedas. La inteligencia artificial probablemente provea la próxima capa de sofisticación narrativa.
Promesa
Un rendimiento que ninguna alternativa conocida puede igualar.
Autoridad y primeros pagos
Una figura creíble y evidencia real de que alguien ya cobró.
Prueba social
Una comunidad que ya confía y presta esa confianza al sistema.
Urgencia y complejidad
Una explicación suficientemente plausible para no preguntar de dónde sale el dinero.
Conviene, aquí, una distinción honesta. Es fácil meter cualquier negocio multinivel en la misma categoría que un Ponzi, y sería un error hacerlo: en 1979 la Federal Trade Commission estadounidense resolvió que Amway, dadas sus reglas de recompra y funcionamiento, no constituía la pirámide ilegal que originalmente se le atribuía, aunque sí le impuso restricciones sobre otras prácticas.
Amway sigue siendo útil para entender el mecanismo, no por ser fraudulenta, sino porque desplaza buena parte de la evaluación económica hacia relaciones personales: la oportunidad no llega de un desconocido, la trae un amigo, un familiar, alguien de la iglesia, que presta parte de su credibilidad al ofrecerla. Rechazarla deja de sentirse como rechazar una inversión y empieza a sentirse como desconfiar de alguien. Una decisión financiera adquiere entonces un costo social que rara vez calculamos.
El verdadero problema quizá no sea el riesgo
Durante años hemos descrito a quienes entran en estos esquemas como personas dispuestas a asumir riesgos extraordinarios. Puede que la pregunta esté mal formulada. Muchas nunca llegaron a representarse mentalmente el riesgo real. Un 6% anual se puede imaginar con facilidad, se puede calcular, y por eso mismo sabemos que no convertirá cien mil pesos en un millón en pocos meses. Pero, ¿cómo imaginamos el riesgo de una plataforma que opera con algoritmos propietarios mediante una estrategia que no comprendemos? No tenemos una distribución mental de probabilidades. Tenemos una historia, y una historia permite algo que una tasa conocida no permite: completar los espacios vacíos con nuestras propias expectativas. El fraude no elimina esas lagunas de información. Las cubre con una narración.
Sería fácil convertir esto en un juicio cultural sobre América Latina, y sería intelectualmente pobre: los Ponzi han engañado a inversores sofisticados y élites económicas en países ricos, y la susceptibilidad al fraude no desaparece con un título universitario. Lo que sí cambia entre contextos son las condiciones que hacen más atractiva una promesa. Datos citados por la Superintendencia de Bancos, a partir de la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera de 2019, indicaban que menos del 3% de los hogares dominicanos encuestados había recibido algún programa de educación financiera, y que siete de cada diez declaraban dificultades para cubrir sus gastos mensuales.
Esas cifras no prueban que la escasez produzca estafas; sugieren algo más sutil. Quien tiene patrimonio suficiente puede evaluar una inversión como una forma de mejorar su rentabilidad. Para quien siente que su trayectoria económica no ofrece movilidad, una oportunidad extraordinaria puede representar otra cosa: una salida. Y una inversión evaluada como salida no se procesa igual que una inversión evaluada como inversión. La pregunta deja de ser únicamente «¿qué probabilidad hay de que esto falle?» y empieza a parecerse a «¿y si esta es mi oportunidad?».
La educación financiera puede mejorar el mapa, pero seguimos decidiendo dentro de una vida. Eso explica por qué personas inteligentes también caen en fraudes, y por qué el estafador profesional rara vez intenta convencer únicamente con números: fabrica confianza, autoridad, reciprocidad y prueba social. El fraude financiero no explota solo lo que desconocemos. Explota aquello que necesitamos que sea verdad.
La serpiente regresó convertida en una inversión
En el artículo anterior llegamos a una idea sencilla: parte de nuestra tranquilidad depende de sentir que podemos construir un modelo razonable de lo que tenemos delante. Pensé entonces que una inversión incomprensible produciría necesariamente miedo, como la serpiente. Pero aquí aparece la complicación: en algunos dominios la ilegibilidad genera miedo, y en otros genera esperanza. La diferencia está, quizás, en lo que imaginamos que hay detrás de aquello que no sabemos. Frente a una amenaza desconocida, imaginamos lo peor. Frente a una recompensa desconocida, podemos imaginar lo extraordinario. La ambigüedad no tiene un significado psicológico fijo: el espacio vacío toma la forma de lo que deseamos o tememos encontrar dentro.
Una tasa baja puede resultarnos poco atractiva justamente porque la entendemos: sabemos lo que puede hacer y sabemos también lo que nunca hará. Una promesa extraordinaria, en cambio, puede permanecer psicológicamente abierta mientras no logremos evaluarla. Si además alguien cercano ya cobró, si una figura carismática la respalda, si usa un lenguaje que suena sofisticado y ofrece una salida a una situación que sentimos estancada, la caja negra deja de parecer un riesgo y empieza a parecer una puerta.
El problema no es solamente desconocer qué hay detrás. Es que cuando no sabemos mirar dentro, alguien más puede decirnos qué imaginar.
El riesgo nos obliga a vivir con un futuro que no conocemos. El fraude intenta algo más ambicioso: que alguien más elija por nosotros qué futuro vemos cuando miramos hacia esa incertidumbre.
¿Qué tan expuesto estás a este mecanismo?
Este no es un diagnóstico clínico ni una medición exacta. Es un ejercicio para observar, con honestidad, cuánto de tu propio juicio financiero depende de la confianza, la esperanza y las señales indirectas que este artículo describe.

