Cuando alcanzar el éxito se convierte en una obligación capaz de destruir aquello que pretendíamos construir.
En determinados entornos se construyen promesas personales con fecha de vencimiento. Ser millonario antes de los treinta años, tener cierto vehículo antes de los veinticinco, terminar en una posición económica superior a la de todos los amigos de infancia.
La ambición, por sí misma, no es un problema. Las metas exigentes pueden orientar el esfuerzo, el aprendizaje y la disciplina.
La dificultad aparece cuando una aspiración se transforma en una sentencia sobre el valor personal. Alguien empieza diciéndose que quiere ser rico antes de cumplir treinta años y termina convencido de que, si no lo consigue, habrá fracasado como individuo. Desde ese momento su mente deja de evaluar únicamente qué estrategia conviene y comienza a proteger una identidad amenazada.
Existe una diferencia psicológica importante entre querer conseguir algo y sentir que estamos obligados a conseguirlo para demostrar quiénes somos. En el primer caso, la meta puede modificarse, aplazarse o incluso abandonarse cuando las circunstancias lo aconsejan. En el segundo, renunciar se vive como una derrota personal, y cada año que transcurre sin alcanzar lo prometido aumenta la distancia entre la persona que somos y aquella que nos comprometimos a ser.
El psicólogo E. Tory Higgins estudió esta tensión mediante su teoría de la autodiscrepancia. Según Higgins, cargamos con tres imágenes de nosotros mismos, y las distancias entre ellas no duelen igual.
El yo actual
La persona que percibimos hoy, con su cuenta bancaria, su edad y su lugar real en el mundo.
El yo ideal
La que quisiéramos ser. La brecha con ella tiende a producir tristeza y desánimo.
El yo debido
La que creemos que deberíamos ser. La brecha con ella produce ansiedad, agitación y la sensación de estar en falta.
Cuando confundimos las dos últimas imágenes, una aspiración adquiere el peso psicológico de una obligación. El individuo ya no persigue solamente una fortuna, una posición o un reconocimiento; intenta cerrar la incómoda distancia entre su realidad y la identidad que construyó en su imaginación.
Es aquí donde nuestra mente puede engañarnos. La promesa fue creada para orientar el futuro, pero termina condicionando la interpretación del presente. Cada oportunidad se evalúa por su capacidad de acercarnos a ella, y ciertos límites que antes parecían incuestionables empiezan a negociarse. La mente encuentra argumentos sorprendentemente convincentes cuando necesita justificar algo que deseamos con suficiente intensidad.
Esto no significa que toda ambición termine en comportamientos destructivos. La mayoría de las personas aprende a convivir con aspiraciones incumplidas, modifica sus objetivos y encuentra nuevas maneras de prosperar. Pero hay quienes convierten aquella promesa en una exigencia tan absoluta que consideran aceptable cualquier camino que parezca acercarlos a su cumplimiento.
Y algunos de esos caminos son demasiado cortos para permitirles observar lo que están dejando atrás.
La promesa cumplida de Pablo Escobar
Pensaba en este mecanismo mientras observaba una entrevista de Sebastián Marroquín, antes Juan Pablo Escobar, hijo del tristemente célebre líder del cartel de Medellín.
Su padre había conseguido aquello que muchos consideran la demostración definitiva del éxito económico. Acumuló enormes cantidades de dinero, propiedades, aviones, vehículos, animales exóticos y una influencia capaz de penetrar instituciones que debían representar la justicia.
Su trayectoria sugiere una ambición que difícilmente encontraba un punto de satisfacción. No sabemos hasta qué punto respondió a una promesa íntima de juventud o a necesidades psicológicas que fueron cambiando con los años. Pero el resultado permite examinar qué ocurre cuando la acumulación de riqueza y poder se convierte en un objetivo que parece justificarlo todo.
Lo que más me impresionó de aquella entrevista fue escuchar cómo su hijo cuestionaba el supuesto éxito de su padre.
Marroquín creció observando cómo su padre recibía halagos, admiración y obediencia. Vivió rodeado de una abundancia difícil de imaginar: hipopótamos, obras de arte millonarias, aviones, carreras de motocicletas, haciendas cuyos límites parecían perderse en el horizonte. Para un niño, aquella realidad podía parecer la materialización de todos los sueños posibles. Su padre tenía cuanto deseaba y a su alrededor había personas dispuestas a recordarle constantemente su grandeza.
Décadas después, viviendo en Argentina y alejado de aquel mundo, el hijo lo observa desde una distancia que entonces no tenía. Y esa distancia cambia el significado de muchas cosas.
La admiración empieza a distinguirse del miedo. La abundancia deja de confundirse con la tranquilidad. Las propiedades, los vehículos y los animales exóticos ya no bastan para definir una vida feliz cuando se examina el precio que hubo que pagar por ellos, sobre todo cuando ese precio incluyó la estabilidad de la propia familia.
Escobar murió violentamente en 1993, después de años de enfrentamientos y persecución, y de una trayectoria criminal que dejó cientos de víctimas, familias destruidas y una sociedad profundamente herida por el narcoterrorismo. Su esposa y sus hijos tuvieron que reconstruir sus vidas lejos de Colombia y bajo otras identidades.
Resulta difícil encontrar una contradicción más contundente. Un hombre que acumuló una fortuna extraordinaria y buscó ejercer un poder casi ilimitado terminó sin poder garantizar lo que cualquier padre consideraría esencial, la seguridad de su familia.
Si aquella riqueza representaba la realización de sus ambiciones, tendríamos que preguntarnos qué clase de éxito fue aquel.
Un océano seco intentando llenarse de riqueza
La obsesión por el dinero puede tener orígenes muy distintos.
La escasez
Quien creció sin margen aprende que el dinero es la única forma de no volver a ese lugar.
La comparación social
El valor propio se mide mirando lo que tienen los demás.
Una educación que mide personas
Un hogar o un entorno donde la riqueza se convierte en la medida del valor humano.
El deseo de escapar
La urgencia por salir de una posición considerada inferior.
También puede ocurrir que el dinero deje de ser el objetivo principal y pase a ser una herramienta para obtener algo más difícil de conseguir: admiración, reconocimiento, poder.
En el caso de Escobar resulta interesante que la acumulación económica terminara acompañada de aspiraciones políticas. En 1982 consiguió un escaño como suplente en la Cámara de Representantes, y aquella aventura duró poco, pero revela que la riqueza no le bastaba. Buscaba también reconocimiento y acceso a las instituciones desde las cuales se ejerce influencia.
¿Era una búsqueda de legitimidad? ¿Una necesidad de ser admirado? ¿O simplemente otra manera de extender su poder y proteger sus intereses? Probablemente intervinieron varias motivaciones, y sería aventurado atribuirle una explicación psicológica única.
Pero el patrón merece atención porque revela una posibilidad inquietante: cuando alguien utiliza las conquistas externas para intentar resolver necesidades internas que nunca comprende, cada nueva conquista resulta insuficiente.
Quizás el problema no era cuánto dinero necesitaba conseguir, puede que fuera lo que esperaba sentir cuando por fin lo consiguiera.
Esa pregunta nos obliga a volver sobre el concepto de éxito.
Dominar a otros no equivale a gobernarse a uno mismo, y la aparente prosperidad del hombre injusto puede ocultar una vida profundamente desordenada.
Platón, paráfrasis de La República
La felicidad no se reduce a poseer bienes, sentir placer o recibir honores: hay que considerar cómo vivió y actuó la persona a lo largo de toda su existencia.
Aristóteles, paráfrasis de la Ética a Nicómaco
Si examinamos a Escobar desde esa perspectiva, podemos reconocer su enorme capacidad para conseguir dinero e influencia sin confundir esas capacidades con una vida virtuosa.
Porque tampoco debemos convertir su historia en un experimento social que simplemente terminó mal. Las personas asesinadas, la corrupción de quienes debían impartir justicia y las familias que perdieron a sus seres queridos no fueron consecuencias abstractas de una ambición excesiva. Fueron decisiones que produjeron sufrimiento real. Y comprender los posibles mecanismos psicológicos detrás de esas decisiones no disminuye su responsabilidad.
El atajo que sobrevive a sus protagonistas
Podríamos considerar la historia de Escobar como la manifestación extrema de una época que terminó. Pero el mecanismo que examinamos no desapareció con él. Ha seguido reproduciéndose con nuevas tecnologías, otras aspiraciones y protagonistas que posiblemente jamás hayan tenido relación con el narcotráfico.
Hoy podemos encontrar expresiones de esa misma urgencia por el reconocimiento en determinados defraudadores, ciberdelincuentes y jóvenes que participan en prácticas conocidas popularmente como chipero. No todos comparten las mismas motivaciones ni las mismas capacidades. Algunos participan en estructuras criminales altamente organizadas, otros responden a oportunidades específicas y otros parecen particularmente atraídos por la posibilidad de conseguir, en poco tiempo, aquello que su entorno identifica como éxito.
La diferencia es que ahora no necesitan construir una hacienda con hipopótamos para demostrar que llegaron lejos. Un vehículo de lujo, una cadena de oro, viajes frecuentes o la exhibición de grandes cantidades de dinero cumplen una función simbólica semejante, sobre todo cuando las redes sociales permiten convertir el consumo en reconocimiento público. La antigua promesa de enriquecimiento ha ganado un nuevo instrumento: la tecnología.
Pero la tecnología no explica por sí sola la decisión de engañar. El mecanismo sigue siendo humano. Alguien observa una diferencia entre la vida que tiene y la que considera que debería tener, encuentra una oportunidad que promete reducir rápidamente esa distancia y comienza a valorar el beneficio inmediato por encima de sus consecuencias. El atajo se vuelve especialmente atractivo cuando la persona ha llegado a creer que esperar es una forma de fracasar.
Merton explica por qué el atajo aparece con tanta frecuencia en ciertos entornos. Lo que no explica es por qué lo toma una persona y no su vecino, que creció con la misma presión.
Y aquí encuentro una contradicción que suele pasar desapercibida. Muchos conocemos esos atajos. Sabemos que existen actividades capaces de producir ganancias extraordinarias en períodos muy breves, incluso al margen de la ley. La mayoría no las utiliza, y no necesariamente porque las desconozca o sea incapaz de ejecutarlas. En muchas ocasiones la diferencia está en lo que cada persona considera aceptable sacrificar para alcanzar sus objetivos.
Aprender una profesión, desarrollar conocimientos, adquirir experiencia, administrar una herencia o construir un patrimonio exige habilidades que no siempre producen recompensas inmediatas. También requiere aprender a modificar expectativas, tolerar frustraciones y reconocer que el éxito no obedece necesariamente al calendario que imaginamos durante nuestra juventud.
Nada de esto garantiza riqueza. Sería ingenuo sugerir que todos los que toman el camino honrado terminan económicamente recompensados. Sin embargo, una cosa es obtener una recompensa y otra desarrollar las capacidades para administrarla, sostenerla y vivir con sus consecuencias. Hay quien adquiere una fortuna sin aprender a conservarla, y quien llega al poder sin la prudencia que exige. Hay quien consigue reconocimiento sin haber construido una sola relación auténtica.
Y también es posible cumplir una promesa que nunca debimos habernos hecho en esos términos.
La promesa que debemos aprender a revisar
Quizás lo más interesante de esta reflexión no sea descubrir por qué Pablo Escobar terminó de aquella manera, ni explicar por qué algunos ciberdelincuentes continúan buscando riqueza mediante el engaño. Lo verdaderamente útil es reconocer que el mecanismo puede comenzar mucho antes de que aparezca una conducta delictiva.
Comienza cuando dejamos de preguntarnos si nuestros objetivos tienen sentido y nos concentramos exclusivamente en cuánto falta para alcanzarlos. Cuando interpretamos cada retraso como una humillación, cada comparación como una derrota y cada límite como un obstáculo que deberíamos eliminar.
Una promesa personal puede ser extraordinariamente valiosa. Puede orientarnos durante años y ayudarnos a superar dificultades que parecían insalvables. Pero necesita permanecer abierta a la experiencia, al aprendizaje y a la posibilidad de que nuestras prioridades cambien. Porque nosotros también cambiamos.
Sebastián Marroquín necesitó crecer y alejarse de aquella infancia extraordinaria para observar desde otra perspectiva lo que durante años lo había rodeado. Los bienes que entonces representaban abundancia terminaron formando parte de una historia marcada por el miedo, la violencia y el desarraigo. Su padre consiguió una riqueza inimaginable, pero no pudo preservar la estabilidad de su familia ni asegurar la continuidad de la vida que había construido.
Eso me lleva a pensar que hemos sido demasiado generosos al llamar exitosas a las personas únicamente por aquello que consiguen acumular.
A ver, una cosa es cumplir la promesa que nos hicimos sobre quiénes queríamos ser, y otra muy distinta es descubrir, demasiado tarde, en quiénes nos convertimos para cumplirla.
Los pensadores detrás de la promesa
E. Tory Higgins
n. 1943
Teoría de la autodiscrepancia (1987)
Distingue el yo actual, el yo ideal y el yo debido, y muestra que cada brecha produce un malestar distinto.
Robert K. Merton
1910 – 2003
Estructura social y anomia (1938)
Explica cómo una cultura que impone metas de éxito sin repartir los medios legítimos empuja a algunos hacia el atajo.
Platón
427 – 347 a. C.
La República
Sostiene que dominar a otros no equivale a gobernarse a uno mismo.
Aristóteles
384 – 322 a. C.
Ética a Nicómaco
Vincula la vida buena con la virtud y con el modo en que se vive la existencia entera.
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